María Lastra Cagigas, Biotecnología

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María estudiando las relaciones ecológicas en el lago Macquarie para su asignatura de Biología Marina (New South Wales, Australia).

He de reconocer que tengo más veranos que inviernos, como cualquier buen viajero en busca del sol australiano, y aun así hay una fecha que recuerdo particularmente bien. Hace seis años que descubrí a la persona que más influiría mi vida: mi yo dieciochoañero.

Acababa Bachillerato de Ciencias y Tecnología en el instituto público Fuente Fresnedo de Laredo. Me apasionaba la ciencia (recuerdo con cariño a varios buenos profesores), pero también el arte y educación física (gracias a mi entrenadora de gimnasia rítmica). Aún no sabía qué carrera estudiar y decidí participar en el Servicio de Voluntariado Europeo para adquirir perspectiva y entender mejor al mundo y a mí misma.

Sin embargo, familia y profesorado coincidían en que posponer la universidad no parecía buena idea, aunque carecían de justificación sólida más allá de la falta de convencionalismo de mi plan. Aprendí que en el sistema educativo español lo diferente no suele ser bien visto y supuse que tenían razón, que lo adecuado era empezar la universidad. Mi primera lección viene aquí: me equivoqué, lo adecuado es aquello que funcione para ti. En centro-norte-Europa es completamente normal viajar, trabajar o hacer voluntariado con el objetivo de aclarar ideas y decidir tu carrera con más fundamento. Creo que los profesores españoles deberían apoyar y fomentar estas opciones entre sus estudiantes indecisos.

No fue así en mi caso y haciendo malabarismos entre las asignaturas que me gustaban decidí estudiar Biotecnología en la Universidad de León. León fue una de las primeras universidades nacionales en incorporar Biotecnología y el plan de estudios parecía bueno, además de ser pública. En matemáticas, física de fluidos, biotecnología vegetal, etc. trabajamos la resolución de problemas y proyectos complejos (sin un procedimiento único para encontrar la solución) que nos hacían pensar. Por ejemplo, en bases de ingeniería el profesor nos pedía calcular la fricción de un hipotético sistema de tuberías en hospitales para transportar plasma sanguíneo. Apenas nos daba datos o fórmulas y solo esperaba nuestras preguntas. Estábamos perdidísimos, sin embargo, él sabía que éramos capaces de resolverlo. Pero ¿cómo? Preguntando. Pensando. Entendiendo el problema a fondo. Creando ideas. Debatiendo con nuestros compañeros. Usando internet. Y aquí viene mi segunda lección: el buen aprendizaje requiere de pensar mucho, probar y equivocarse, y desarrollar la capacidad del estudiante de enfrentarse a escenarios nuevos y poder resolverlos.

Por desgracia ésta no fue la metodología que abundó en mi carrera. Varios profesores se centraron en hacernos memorizar datos (que no aprenderlos) y comprobarlo mediante exámenes tipo test. Memorizar es necesario, pero nunca debe ser el fin sino un complemento a la resolución de problemas y diseño de experimentos. Lo triste es que las mayores tasas de aprobados vinieron con el <<copiar y pegar de clase al examen>>, manteniendo contentos a profesores, estudiantes y estadísticas educativas. Otras asignaturas donde las preguntas requerían de lógica, opinión y creatividad suponían profesores desesperados suspendiendo a sus pupilos y estudiantes altos en cafeína incapaces de responder preguntas que no se habían visto explícitamente en clase. Esto nos lleva a mi tercera lección: al sistema educativo español no le gusta pensar demasiado, lo cual es un error.

Atraída por el sistema educativo australiano me fui de intercambio a la University of New South Wales (UNSW Sídney). Hay menos horas lectivas, dando más tiempo e importancia a la investigación a cargo del estudiante. Desarrollan el pensamiento crítico, por ejemplo, haciendo exámenes a libro abierto y con libre elección de tema en trabajos. Se adaptan a las preferencias del estudiante con grados flexibles y gran variedad de asignaturas optativas. Valoran notablemente las habilidades no puramente académicas (liderazgo, organización empresarial, trabajo en equipo, etc.) que aportan los clubs universitarios. En conclusión, aquí se tiene quizá menos base <<sobre el papel>> comparado con España, pero desde luego más base práctica.

Por ello, tras graduarme, decidí empezar un Doctorado en Biomedicina centrado en cáncer con la beca UNSW Scientia PhD (beca que recomiendo encarecidamente). Un doctorado es un reto al pensamiento, a la crítica, a la creatividad, a la disciplina y una oportunidad única de explorar, equivocarse, aprender, descubrirse y disfrutar. Aquel sistema educativo que prepare satisfactoriamente para ello va en buen camino. Y mi última lección: en España tenemos el carácter y los profesionales para conseguirlo, solo nos falta dejar las excusas y darle al coco.

 

 

 

 

 

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