Ignacio Moreno Pubul, Ingeniería Aeroespacial

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Ignacio en un viaje a París con sus amigos de la universidad

La Universidad en España es un dinosaurio. Eso lo sabemos todos. Todos hemos oído historias de catedráticos que suspenden al 90% de los estudiantes (y si no que pregunten a los alumnos de 2º de aeroespacial en la Politécnica de Madrid, donde en Resistencia de Materiales sólo han aprobado en Junio el 0.8%). Todos sabemos de esos profesores que no reconocen sus errores, o aprovechan su posición de intocables para hacer, dicho mal y pronto, lo que les da la gana. Pero eso ya se sabe, y no es lo peor. Lo peor es que es un sistema que no fomenta el pensamiento crítico, la creatividad, el emprendimiento, la innovación. Fomenta, en mi opinión, la trampa, el caradurismo, la memorística y la frustración. A lo largo de estos 4 años he tenido la posibilidad de convivir en casa con ingleses, estadounidenses y canadienses. Mi familia fue destinada al extranjero y me ocupé de acoger a gente lo más internacional posible en casa.  Ninguno entendía nuestro sistema educativo. No comprendían que en Filosofía tuviesen que resumir textos, en lugar de ofrecer su interpretación y crítica, o que en las clases magistrales no fuesen un diálogo profesor-alumno sino una mera exposición. No comprendían la unilateralidad de la enseñanza.

Tengo 22 años, estudié Ingeniería Aeroespacial en la Universidad Carlos III de Madrid. Todo hay que decirlo, en muchos aspectos es una universidad estupenda. El profesorado es en su mayoría joven, con ambición y ganas de enseñar. El programa es más bien moderno, más ajustado a Europa, los equipos y laboratorios tienen buen nivel, y ofrecen muchas titulaciones en inglés. Se libra de muchos de esos aspectos anticuados y frustrantes.  Además tienen, al menos en mi titulación, una herramienta clave para la renovación educativa: un muy buen ratio profesores-alumnos. En general las clases son grupos reducidos, el profesorado te conoce personalmente y siempre está disponible, para el apoyo necesario. Depende, por supuesto, de cada profesor, pero en muchos casos es un aspecto en el que la Carlos III es excelente.

Sin embargo, en muchas asignaturas no se aprende de verdad a resolver problemas, o lo que es peor, llega un momento en el que sencillamente no merece la pena aprender. Suena paradójico pero hay que elegir entre aprender o aprobar. Las asignaturas acaban convirtiéndose en memorizar una serie de pasos para resolver un problema tipo, que se olvidan tras vomitarlos en el examen. ¿Por qué? Muy sencillo. Porque la metodología falla.

El desarrollo de gran parte de las asignaturas se reduce a lo siguiente. Se divide la asignatura en dos partes. Una parte teórica, que se suele impartir a principios de semana, y una parte práctica, ejercicios, que realmente es lo que luego se evalúa. En teoría, muy en teoría, la primera parte es necesaria para poder desarrollar la segunda. El conflicto comienza cuando, salvo casos muy excepcionales (que ojo, los hay), las clases magistrales son absolutamente inútiles. Se convierten en una lectura lenta y tediosa de una serie de diapositivas puramente teóricas, muchas veces superfluas, que nunca se llegan a entender de verdad, porque falta base o porque no se conceptualiza lo suficiente, es decir, no se resaltan los aspectos clave, no se sintetiza bien. Las clases magistrales empiezan a vaciarse. Empieza a ser más “rentable” leérselas en casa y dejarse guiar por búsquedas de Google. Es triste, porque las aulas debería invitar a aprender, y a colaborar en el proceso de aprendizaje. Pero no hay diálogo, y llega un punto en el que no es ventajoso tan siquiera asistir a clase.

Llegan las clases prácticas, y aunque no tengas ni idea de la teoría, puedes hacer los ejercicios, porque al fin y al cabo hay cuatro tipos, y no es difícil memorizar los pasos. Entre las 200 diapositivas, hay 3 que de verdad sirven para algo, y con eso vas tirando. Las asignaturas se complementan con laboratorios y prácticas, para las cuales hay que entregar un amplio informe. Esto es algo que hacen muy bien en la Carlos III. A través de los informes aprendes algo de lo que no aprendiste durante las clases magistrales. Todo encaja más. Se trata de trabajos en los que utilizamos diversas herramientas para unir la teoría y la práctica. Generalmente consiste en resolver un problema en Matlab, y analizar y comentar los resultados en el extenso informe. El problema es que ocupan el 80% del tiempo, pero sólo cuentan un 10-15% de la nota. El resultado final es que apruebas (o no) una asignatura sin entenderla, sin haber aprendido el concepto detrás de lo que haces. Esto se repite mucho a lo largo de la carrera.

Por último, creo que hace falta más enfoque al mundo laboral. He tenido la fortuna de poder realizar prácticas en dos empresas distintas. Me he dado cuenta de que no me faltaban conocimientos técnicos (no porque los tenga sino porque no los pedían), pero sí otros que jamás vimos durante la carrera. En mi opinión, deberíamos salir de la universidad manejado Excel tan bien como Matlab. Deberíamos conocer procesos de Lean y Scrum, metodologías de trabajo, saber pasar entrevistas, escribir cartas de motivación y pedir cartas de recomendación. En su lugar, tenemos optativas que, por muy interesantes que resulten, son poco útiles.

Es un problema que se puede afrontar, que se puede cambiar. Bien es cierto también que es un grado que sólo lleva tres promociones. Es decir, sigue en fase de “conejillos de indias”. Hace falta en primer lugar una evolución de la mentalidad docente hacia un sistema más abierto a los alumnos, más bilateral, que impulse el pensamiento crítico y no la memorística. Esto es algo que ya está en marcha, y en varias asignaturas de la carrera, con profesorado joven (y no necesariamente en términos de edad, sino de espíritu) se ha dado. Por ejemplo en Mecánica de Fluidos, Aeronavegabilidad, Estructuras III, o el Trabajo de Fin de Grado en mi caso. En especial destaca  Aerodinámica Avanzada, donde en la clase magistral no hubo un sólo día con diapositivas (ojo, las diapositivas bien usadas son bienvenidas), sino que el profesor desarrolla todos los conceptos, uno a uno, en la pizarra, con la participación de los alumnos, y los laboratorios se desarrollan perfectamente integrados y se discuten en clase.

También tenemos que evolucionar nosotros, los alumnos: muchas veces da corte responder en clase, participar, potenciar esa bilateralidad, y estoy seguro que muchos profesores lo saben, y eso dificulta que involucren a los alumnos. Hay que dar una vuelta a la forma de implementar las prácticas y laboratorios para que de verdad complemente la teoría. Trabajar en ellos en las clases magistrales, o desarrollarlos más en paralelo con la teoría y la práctica.  Hay que enfocar la actividad universitaria a la salida de ella. Desarrollar talleres, o incluso mejor, asignaturas optativas, que ayuden al alumno a construir su camino hacia su trabajo ideal. Al menos en la Universidad Carlos III de Madrid, no queda un gran camino -y tienen las herramientas que hacen falta-  pero sí es un camino necesario.

 

Ignacio Moreno

Recién graduado en Ingeniería Aeroespacial

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