Enrique Collada, Ingeniería de Sistemas de Información y de Telecomunicación

Me llamo Enrique Collada Sánchez, tengo 19 años y estudio un Doble Grado en Ingeniería de Sistemas de Información e Ingeniería de Sistemas de Telecomunicación.

La carrera universitaria que estoy cursando me ha mostrado de primera mano las deficiencias de nuestro sistema educativo pre-universitario, pero antes me gustaría hablar de lo positivo que encuentro en él.

EC

Enrique en la Universidad

En 4º de la ESO realicé un intercambio y me fui a estudiar a Shelby, Ohio, Estados Unidos. Una de las cosas que aprendí a valorar allí acerca de la educación española es el nivel de “cultura general” que tenemos con respecto a ellos y con respecto a estudiantes de otros países que iban allí de intercambio. Me explico, en numerosas ocasiones me hacían muchas preguntas acerca de los avances tecnológicos y el nivel de desarrollo, la ubicación geográfica e incluso el idioma hablado en España. Considero que nuestro conocimiento de la situación del mundo en general, de monumentos, de ciudades, de culturas, etc. es mucho mayor. Además, el nivel educativo o académico de las asignaturas que cursé en el instituto era muy inferior con respecto a nuestros cursos. Sin embargo, esto no fue lo que más me llamó la atención, sino el hecho de centrarse en un tipo concreto de asignaturas (muchas matemáticas, mucha física, muchas asignaturas de literatura, etc) desde muy pequeños, cerrándose puertas a conocer disciplinas nuevas que podrían haber llegado a ser de su interés e incluso en las que podían haber descubierto nuevas y muy buenas aptitudes propias. Esto me llama la atención personalmente por el hecho de que yo, un alumno entonces claramente convencido de su interés por las ciencias puras y tecnológicas, nunca hubiese cursado asignaturas como Filosofía si no me hubiesen dado la oportunidad de conocerla por el simple hecho de ignorar completamente una de las asignaturas que más me gustó en el instituto y realmente la que más me sorprendió (en gran parte gracias a los buenísimos docentes que tuve).

Esto me permite enlazar con el relato de las deficiencias educativas en España. Quizá en el instituto pensaba que estaba aprendiendo un montón de cosas, aunque realmente (y desgraciadamente) no era raro oír “esto lo suelto en el examen y me olvido”. Sin embargo, desde que estoy cursando un grado universitario, me he dado cuenta de que realmente no he aprendido, por lo menos a pensar, sino que he acumulado información. He acumulado conocimientos de todo tipo (a veces sin saber para qué los necesitaba), he memorizado datos, he memorizado métodos matemáticos para resolver problemas, pero no para entenderlos realmente, he sido enseñado a resolver problemas por analogía, por “pattern matching”, de forma mecánica. Si lo que he hecho estos años ha sido, sobre todo, memorizar, no ha sido porque haya tenido malos docentes. El propio sistema educativo así lo exige, pues los objetivos del curso consisten en saber hacer determinados tipos de problemas o, en el caso de segundo de Bachillerato, entrenarnos para una prueba en concreto. Esto supone un gran bache a la hora de empezar la carrera universitaria. Si hubo una asignatura que realmente me enseñó a pensar fue Filosofía, que también me hizo darme cuenta de una cosa: lo poco que nos gusta pensar, acostumbrados a un sistema en el que nos exigen memorizar unos párrafos para soltarlos en el examen “tal cual”. A diferencia de la mayoría de mis compañeros, me encantaba mi profesor de Filosofía de Primero de Bachillerato. A mi me gustaba porque con el hecho de interesarme, de comprender la Filosofía y sin matarme a memorizar era capaz de salir exitoso en los exámenes, aunque no en los primeros: fue un proceso progresivo. Comprendí que había ganado mucho más que conocimientos: había desarrollado mi capacidad de pensar y razonar y mejorado sobremanera la forma de expresarme. Otro ejemplo ha sido mi profesor de Física en la Universidad. Nos explicaba el temario desde cero y nos lo relacionaba con todas las asignaturas que podía y con todas sus aplicaciones en la práctica. Además, a la hora de resolver problemas, se inventaba enunciados de todo tipo y nos hacía inventar las preguntas que podríamos hacer sobre ese enunciado.

En conclusión, creo que este sistema educativo no sólo no contribuye a desarrollar nuestra capacidad de razonamiento sino que además nos hace “perezosos” a la hora de pensar y reflexionar, ya sea una pregunta de un examen de Historia o un problema de Física. Gracias a nuestro sistema educativo tenemos la suerte de conocer multitud de disciplinas académicas, pero no aprendemos ni a ser creativos, ni a “enamorarnos” de alguna y, por tanto, a desarrollar nuestro talento. Aprendemos solo a acumular datos y métodos. Además, y desde una perspectiva más técnica, debemos ser capaces de incorporar nuevos elementos y metodologías (como las nuevas tecnologías o más idiomas) al núcleo de nuestro sistema educativo que abran una nueva etapa y nos alejen de un sistema excesivamente tradicional.

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