Daniel Valtueña, Historia del Arte

El pasado mes de mayo regresé a España después de haber estudiado durante el curso 2015-2016 en Wesleyan University (Middletown, Connectitut, USA). Acudí a esta universidad americana gracias a una beca promovida por la Universidad Complutense de Madrid, la cual me permitió completar mi último año del Grado de Historia del Arte al tiempo que trabajaba como profesor asistente de español en el Departamento de Lenguas y Literaturas Romances.

DANIEL VALTUENŢA Fotografiěa

Daniel con una amiga de Wesleyan University durante un viaje por Italia.

Al llegar a Estados Unidos me sorprendieron muchas características de su sistema educativo, pero una de los aspectos que más caló en mí fue la flexibilidad con la que los alumnos organizaban su currículo de asignaturas. A diferencia del modelo español, el sistema de Liberal Arts contempla la formación total del alumno. Me llamó la atención ver cómo en el campus era absolutamente normal compaginar clases de danza e interpretación con asignaturas de bioquímica e historia, independientemente del campo al que cada alumno quisiera dedicar su carrera profesional. Sin lugar a dudas, un sistema como este hubiera sido ideal para formarme en el ámbito de los estudios culturales, campo en el que me quiero especializar, de haber estado presente en España.

Wesleyan University es un college de alrededor de 3.000 alumnos, muy pequeño en comparación con los casi 80.000 de la UCM. Por este motivo, la vida en el campus, alejado de un núcleo urbano como Madrid, es muy diferente. Es evidente que con el presupuesto de universidades como Wesleyan, cuyos alumnos pagan alrededor de 60.000 $ por curso escolar, el número de estudiantes por clase puede ser más reducido, el acceso a la bibliografía más reciente es un hecho y las instalaciones deportivas y culturales se convierten en algo obvio. Esto facilita enormemente la labor de los profesores y crea una atmósfera muy propicia para que el sistema educativo funcione.  

La clase más numerosa en la que estuve tendría alrededor de treinta estudiantes y un dato que tal vez sorprenda es que no tuve que hacer ningún examen durante todo el curso. Sin embargo, el trabajo fue incluso más duro. Las clases estaban organizadas básicamente para que los estudiantes leyéramos una sería de textos –alrededor de 100 páginas semanales por asignatura- que tenían que servir para acudir a clase con una noción general del tema a tratar y habiendo reflexionado antes sobre los asuntos que el profesor debía explicar. En la mayor parte de mis clases los profesores se convertían más bien en facilitadores, ayudándonos a comprender unos textos de gran complejidad y espoleando nuestra capacidad crítica. Por ejemplo, en la asignatura The Absurdity of Modernity: The Meaning of Life on the Modern Stage, cuyo título ya es una clara declaración de intenciones, analizamos el concepto de modernidad a partir de textos teatrales vinculados al teatro del absurdo. Cada clase se convertía en algo así como un club de lectura donde un grupo de veinte estudiantes debatía sobre los personajes y temas de cada pieza. Sin embargo, el profesor se encargaba de elevar el tono de las discusiones recordando los libros teóricos que previamente habíamos estudiado a comienzos de curso. Asimismo, una postura crítica debe ir de la mano de una actitud creativa, que dé a luz nuevos enfoques desde los que acometer una problemática. De esta manera, recuerdo cómo en la asignatura de Queer Opera, en la que estudiamos ciertas óperas a través de los estudios queer, era necesario relacionar una ópera como La flauta mágica de Mozart con las teorías de David Halperin, autor del libro How to Be Gay. Es evidente que poner en relación materiales aparentemente tan distantes no hacía sino forzar el desarrollo de ideas originales y la creación de arriesgadas teorías.

Sin embargo, este sistema contaría con carencias aun si todos los alumnos leyeran los textos atentamente, algo que evidentemente no ocurre. En un carrera como Historia del Arte la memorización está a la orden del día y he decir que es necesaria hasta cierto punto, puesto que hay conocimientos que es necesario saber. El sistema estadounidense me enseñó a argumentar de una manera más crítica, algo que desgraciadamente muy pocos profesores de la universidad española me habían inculcado, pero si lograba construir argumentos de peso era gracias a que sobre mis espaldas llevaba tres años de formación en contenidos que me permitían concebir ideas no solo en forma sino también en fondo. Los alumnos estadounidenses, generalizando aquí, son más valientes, creativos y comprometidos a la hora de pensar y razonar pero no cuentan con un background cultural que les permita edificar teorías sólidas y estables fuera de su cabeza.
Estados Unidos no cuenta ni mucho menos con un sistema educativo perfecto. Sin embargo sí se caracteriza por una serie de rasgos que beneficiarían enormemente a nuestro sistema. Alumnos y profesores españoles deberíamos interiorizar que aprender es también equivocarse. El error debe formar parte de nuestro ADN académico. Debemos admitir el fracaso como parte de nuestro proceso de aprendizaje y desterrar los atajos a la hora de aprender. Aprender no es una tarea fácil y nunca debería dejar de ser un reto en el que conocernos a nosotros mismos.

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