Alberto Gimeno Sanz, Ingeniería Industrial

Alberto en una presentación de premios de la ONG con la que colabora, OAN International

Alberto en una presentación de premios de la ONG con la que colabora, OAN International

Me llamo Alberto Gimeno, tengo 20 años y estudio el último curso de industriales en la Universidad de Valladolid, y el penúltimo de Económicas a distancia en la LSE, tras haber pasado un año por la UNED.

Algo que siempre me ha llamado la atención es por qué existe cierta fama de la buena preparación de los egresados de facultades de ingeniería españolas, cuando los rankings no indican lo mismo. Y aunque los rankings no sean una medida perfecta de la calidad o de la enseñanza, ciertamente son una buena aproximación.

Un aspecto común en las facultades de ingeniería es la alta tasa de suspensos de ciertas asignaturas: muchos profesores se enorgullecen de las tasas de suspenso de su asignatura, pareciendo que si una determinada asignatura tiene una tasa de aprobados más alta que en cursos pasados, algo va mal.

Sin embargo, esto no es siempre proporcional a la dificultad de la asignatura. Entonces, si los alumnos no cambian, y la dificultad de la asignatura no siempre explica esto, únicamente queda un aspecto por analizar: los profesores. A riesgo de parecer simplista, en estos años de carrera he podido ver grosso modo dos clases de profesores.

Mientras he tenido algunos profesores que dejaban de impartir horas de clase lectivas argumentando que ya las gastaban corrigiendo o vigilando exámenes, he visto cómo otros ofrecían tutorías a mis compañeros viernes a las 8 de la tarde y daban más horas que las programadas para enseñarnos herramientas que, aunque estuvieran fuera de la programación, nos ayudarán en el mundo laboral.

Mientras en una asignatura veía cómo la profesora copiaba con fallos la resolución de un problema de un libro y otro impartía su asignatura leyendo un PowerPoint traducido con el traductor de Google, en otra tenía que enfrentarme a problemas prácticos cuya resolución no se encontraba en ningún sitio obligándonos a buscarnos la vida por nuestra cuenta. De este modo nos enfrentábamos a un desafío de resolver problemas por nuestra cuenta, pero con la guía de una profesora que estaba detrás apoyándonos. Mientras un profesor nos obligaba a memorizar un montón de números adimensionales que olvidé después del examen, con otro he tenido que usarlos tanto que por inercia los sé, y lo que es más importante, sé lo que significan y dónde aplicarlos.

Entre estos dos grupos de modos de enseñanza, concluí que del primero, aparte de desmotivarme a continuar en el futuro con sus materias, he olvidado ya lo que aprendí. Del segundo, aunque tuve que dedicar más tiempo y esfuerzo, siempre lo hice inconscientemente con más interés y lo que he aprendido sé que no lo olvidaré el día después del examen. Además, vi cómo en general, las notas y el número de aprobados de los profesores del segundo grupo eran mayores que los del primero.

No hace falta viajar miles de kilómetros para encontrar a gente dispuesta a hacer las cosas bien, lo que hace falta es establecer programas de incentivos para reconocer pública, profesional y económicamente las mejores prácticas docentes. Para empezar, las encuestas actuales de evaluación deberían ser más transparentes y debería haber algún tipo de seminarios donde los profesores mejor valorados tuvieran la oportunidad de exponer su método docente. Además, debería haber más evaluaciones externas, puesto que carece de sentido que si un director de departamento recibe evaluaciones negativas, deba responder sólo ante él mismo.

Cuando se llega a la universidad se sabe leer, escribir e incluso hacer fotocopias, lo que no se puede permitir es que la educación sea cuestión de ver a un “profesor” leer diapositivas o de copiar mientras dicta, tampoco cuestión de suerte, de probar convocatoria tras convocatoria hasta estar en ese 10% al que mejor le sale un determinado examen y consigue aprobar.

Tiene que ser un proceso exigente de aprender a enfrentarse autónomamente a problemas y resolverlos, de tener altura de miras e ilusión por conseguir objetivos pragmáticos a largo plazo que puedan ser útiles a la sociedad.

Pero para eso es necesario contar con verdaderos profesores, gente a quien se pueda admirar por su dedicación al alumno y por haber llegado a los objetivos personales que se hubiera planteado. Es decir, gente que tenga un concepto de su profesión como líderes preparadores del éxito de sus alumnos y no de jefes que, tumbados en el sillón de su despacho, fustiguen y pongan obstáculos a los mismos, mientras son ascendidos en un cuerpo de la administración pública por antigüedad.

3 Comments. Leave new

¡Gracias por expresar tan bien lo que tanta gente piensa!

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Fantástico , totalmente de acuerdo y añadiría que si yo fuera profesor y en mi asignatura hubiese un alto número de suspensos ,analizaría y me replantearía mi método de enseñanza porque eso significaría que no he llegado a conectar con mis alumnos y habría FRACASADO en mis objetivos.
Se debería poner ese suspenso al profesor……..Algunos de ellos sin vocación y sin motivación……..Como demonios van a enseñar……..
Realmente y precisamente en dicha carrera me he quedado perpleja de la manera de actuar en algunas asignaturas donde el 95% ya de primeras ,debe apuntarse en una academia para poder aprobar…… Les parece excesivo que se exija un mínimo de esfuerzo y dedicación para enseñar……Si no se sienten satisfechos,dejen su trabajo y no esperen su jubilación en la poltrona.

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Gonzalo Rguez
22 March, 2017 4:02 pm

Grande! Nada que rebatir, 100% de acuerdo.
Gusta leer sobre gente de la facultad, enhorabuena por tus progresos y tu objetividad crítica 😉

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