Leire Calavia, Comunicación Audiovisual

Me llamo Leire, tengo 22 años, y estudio cuarto curso de Comunicación Audiovisual en la Universidad Carlos III de Madrid. Gracias a una oportunidad de movilidad internacional que me concedió mi universidad, tuve la suerte de cursar el año académico 2016-2017 en la University of California-Berkeley, en Estados Unidos.

 Foto Leire Calavia Berkeley

En mi año de intercambio experimenté alternativas a algunos aspectos de la educación española con los que nunca me he sentido del todo a gusto. Llegué a Berkeley acostumbrada a la memorística, la falta de ayuda por parte de los profesores y el reto continuo de aprobar más que de aprender, y allí descubrí nuevas formas de estudiar, utilizando más la comprensión, la práctica y la discusión en vez de la pura memorística. Mi intención no es criticar el sistema educativo español en su totalidad porque desde luego creo que tiene virtudes, pero pienso que es necesario mejorar algunos aspectos clave. Defiendo una reforma de la educación que elimine la pura memorización sin verdadera comprensión y fomente más las ganas de aprender que las de aprobar.

 

Durante el primer semestre de mi estancia en Berkeley, cursé una asignatura llamada Film and Media Cultures. En ella analizábamos muchas de las teorías sobre la interpretación de películas y series televisivas. Teníamos varios profesores, unos encargados de impartir las clases teóricas, y otros de dirigir pequeños grupos de discusión sobre lo que se había enseñado en estas otras clases. De esta manera, íbamos reteniendo el contenido poco a poco, a base de comprensión, gracias tanto a los profesores como a la participación en grupo con nuestros compañeros. Por ejemplo, cuando estudiamos las teorías feministas de Laura Mulvey en el cine, cada estudiante tenía que traer un clip a clase de alguna película que probase estas teorías. Después, ya que en las clases de discusión éramos un grupo muy reducido, todos participábamos en el debate sobre el significado del contenido. Y así, a base de más de 10 ejemplos distintos, todos entendíamos el concepto sin tener que hacer esfuerzos memorísticos en casa en vano. Es decir, el hecho de que fuese una clase pequeña, complementaria a la magistral, y dónde todos teníamos que traer ejemplos y después participar, favorecía mucho el interés de cada alumno por la materia, sin dar tanta importancia a la examinación final.

 

Sin embargo, lo que más novedad supuso para mí no fue la forma de las clases sino el formato del examen final de la asignatura. El profesor, unas semanas antes de la fecha, decidió comunicarnos las preguntas exactas del examen. Pero, al contrario de lo que podríamos esperar en España, se trataba de preguntas muy complejas, que requerían una gran comprensión del material docente, en vez de una mera memorización del mismo. Por ejemplo, hablando de nuevo de las teorías de Laura Mulvey, en una pregunta teníamos que relacionar sus teorías con otros temas de Stuart Hall sobre la codificación y descodificación del discurso televisivo. Ya que a simple vista parecían dos cuestiones totalmente distintas, nuestra tarea para el examen era comprender las dos teorías, buscar la relación entre ellas, y ser capaz de demostrarlo en ejemplos. Esta idea me pareció excelente, porque hizo que todos los alumnos quisiésemos prepararnos el examen muy bien (ya que teníamos la suerte de saber las preguntas), y a la vez requería la lectura, comprensión y redacción de una respuesta que relacionase varios temas de la clase. En cambio, en España, habrían sido dos preguntas distintas, que seguramente enunciarían algo como “describe las teorías de Laura Mulvey” y “explica el discurso televisivo del que habla Stuart Hall”, sin requerir más que el ejercicio memorístico que podría ser realizado el día anterior al examen y olvidado al día siguiente. 

 

Éste es, en definitiva, uno de los casos en los que podemos ver las diferencias entre el sistema educativo español y el que tuve la suerte de experimentar en Berkeley. Si en España recibiésemos las preguntas de un examen, lo entenderíamos como un aprobado asegurado y demasiado fácil. En cambio, en Berkeley, contando con que las preguntas no eran de memoria sino de comprensión, y de contenido mucho más complejo que la repetición de unos párrafos copiados en clase, los estudiantes lo entendimos como una oportunidad para aprender y retener los contenidos mejor, evitando memorizaciones sin comprensión y agobios finales innecesarios.

 

Mi experiencia académica en Berkeley me hizo comprender que existen nuevas (y más efectivas) formas de aprender. Con este modelo, aprendí y retuve muchos más contenidos que nunca, y, lo mejor de todo, siempre tenía ganas de ir a clase, algo de lo que carecemos muchos estudiantes en España. Al fin y al cabo, siempre aprendemos mejor cuando nos gusta lo que estudiamos, y la memorística nunca ha sido algo de lo que los estudiantes disfrutemos.

 

Se trata de fomentar un sistema educativo en el que la meta real sea aprender, y los exámenes sólo un trámite más, en vez de lo contrario.  Y, así, tanto los estudiantes como los profesores disfrutarían más de la educación, haciendo de ella algo mucho más efectivo. Lo importante no es solo llegar a la meta, sino disfrutar del camino, y, en este caso, son los profesionales de la docencia los que pueden cambiar los pasos en este camino. 

 

 

Leire Calavia Peinador

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